"Jesús nos invita a convertir nuestras palabras en experiencias de vida", según Fernando Vilar


Fernando Vilar (Castellón, 1971) trabaja en el servicio de Comunicación y Publicaciones de la Universitat Jaume I de (UJI), el primero y referente de las Universidades Españolas, y es profesor de diversas asignaturas de comunicación y publicidad.

Su profesión está iluminada por su fe, comprometida en la parroquia de El Salvador, enriquecida por la vida familiar y admiradora de la doctrina que da Benedicto XVI.

Por eso no entiende eficacia comunicativa sin confianza en los comunicadores y coherencia de vida. En el juego de la comunicación, que es construcción conjunta de significados, las palabras son la herramienta de base.

– ¿Cómo definiría la marca Iglesia Católica?
– Como una marca muy compleja, al igual que la institución a la que identifica. Compleja por su carácter planetario, por la cantidad y diversidad de personas y organizaciones que hay tras ella y la cantidad y diversidad de imágenes de marca que tienen de ella sus muchos públicos. Pero quisiera destacar dos valores que en mi opinión identifican a la Iglesia Católica y que creo que son también sus más importantes valores de marca, la diversidad y la unidad. Que pensadores tan diferentes como el papa Ratzinger, Küng, González de Cardedal, Gaillot, Gutiérrez Merino, Sayés o Pagola formen parte de la Iglesia Católica y la llamen madre, a pesar de sus controversias, es algo singular y muy significativo.

– ¿Qué valores tiene el cristianismo para interpelar al hombre actual?
– Si hablamos de las personas que integran la sociedad occidental que está sumida en la crisis que todos conocemos creo que los valores del cristianismo que más nos pueden interpelar hoy son el amor –valor supremo del cristianismo- la justicia y la esperanza. La especificidad de estos valores en el cristianismo es realmente revolucionaria, escandalosa y anormal, si me permites las expresiones. Hablamos del amor que consiste en darse uno mismo a los demás de manera incondicional, de la justicia misericordiosa para con todos y de la esperanza anclada en la promesa de que solo Dios, padre bondadoso, tiene la última palabra de la historia.

– ¿Por qué cuesta ‘vender’ la fe y su práctica cotidiana?
– Porque la fe no puede venderse, es una experiencia personal y única para cada persona, además de un proceso que se dilata a lo largo de toda la vida. De la fe nace, creo yo, una práctica religiosa auténtica y liberadora, pero sin ella la práctica religiosa se reduce al rito y a una moralidad con muy poco sentido. ¡Uf! creo que me estoy metiendo en un jardín muy tupido…

– ¿Qué peso tienen las palabras en la comunicación?
– Tienen el peso fundamental. La palabra posibilita la comunicación primaria, es el medio que nos permite relacionarnos con los seres y las cosas de nuestro entorno, el medio que nos humaniza en definitiva. Por ello la salud de las palabras está directamente relacionada con la salud de nuestra humanidad como especie e incluso con nuestra salud personal.

– ¿Cómo volver a dar valor a palabras que han perdido sentido?
– La salud de las palabras depende en buena medida del uso que se hace de ellas y habría mucho que decir al respecto, tanto desde las ciencias de la comunicación como desde la psicología, entre otras disciplinas. Pero sirva como adelanto y con carácter general que las palabras se empobrecen cuando se limitan a procesos informativos, que apenas las dejan crecer, y se enriquecen de manera saludable en los procesos comunicativos. La palabra surgió para posibilitar que el ser humano diera satisfacción a su necesidad de comunicación y es precisamente la comunicación la que nutre de sentido –de salud- las palabras. Yo entiendo que la comunicación es el primer paso para encarnar las palabras, para hacerlas vida, algo que resulta capital en el cristianismo, ya que Jesús es la palabra hecha carne que habita entre nosotros y que nos invita a llevar nuestras palabras al terreno de la experiencia, a convertirlas en experiencias de vida.

– ¿Cómo sería una estrategia de comunicación eficaz para transmitir la fe?
– No se me ocurre ninguna que pudiera resultar eficaz si no se basa en la comunicación como proceso y no en la mera transmisión informativa. La diferencia es muy importante, ya que mientras el proceso informativo consiste en la transmisión unidireccional de datos de forma ordenada y basada en una interpretación unívoca, la comunicación es un proceso circular de emisión y recepción de información que se basa en la voluntad mutua de los comunicantes de cooperar en la construcción de sentidos. En los procesos de comunicación la información adquiere pues sentidos variables, según la personalidad, cultura y relación de los comunicantes y según el contexto en el que se desarrolla. La comunicación transforma a quienes participan en ella y eso es precisamente lo que Jesús es capaz de conseguir de todo ser humano, una transformación formidable, siempre y cuando seamos capaces de comunicarlo y de comunicarnos con Él y no únicamente de informar y ser informados sobre Él.

– ¿Qué diferencia hay entre vender un producto o posicionar una marca y proponer la fe?
– Como te he comentado antes, la fe, por su carácter de experiencia personal e intransferible no puede venderse como un producto ni posicionarse como una marca. Existe una palabra para designar la difusión de ideas filosóficas, políticas, morales o religiosas, la propaganda, y aunque en las últimas décadas la frontera entre el discurso publicitario y el propagandístico se ha difuminado en muchos ámbitos yo insisto en la idea de que la propaganda ha de poner el acento en propiciar el conocimiento más que en la persuasión respecto del objeto de su actividad. En el caso concreto de la propagación de la fe cristiana, yo me atrevería a proponer la tarea de dar a conocer a Jesús de Nazaret es prioritaria a la de dar a conocer la fe en Él.

– ¿Jesús era un buen publicista?
– Jesús es, en cuanto que modelo de humanidad, el modelo de comunicador por excelencia. Pero su misión creo yo que se aleja de cualquier intención de promover la compra de bienes o servicios, como pretende la publicidad. Tampoco es un periodista que transmite información. Jesús es un comunicador que vino a comunicar a Dios escuchando siempre a su interlocutor.

– ¿Cuáles eran las claves de su estrategia de comunicación?
– El tema merece un estudio detenido. Pero yo destacaría en primer término su voluntad de hacerse entender por todos, especialmente por la gente más humilde, con un lenguaje y unos relatos muy claros, sencillos y próximos a sus interlocutores. También destacaría la autoridad con la que comunica, por la coherencia de su discurso y su vida y por la libertad y el valor con los que anuncia su proyecto. Asimismo destacaría su sensibilidad amorosa para con sus interlocutores, atendiendo a su circunstancia, el contexto de sus encuentros o el reconocimiento siempre de su dignidad como hijos de Dios.

– En la historia de la Iglesia hay santos fundadores, predicadores y misioneros que han sido grandes comunicadores. Uno es San Francisco de Sales. ¿Hay alguno que le llame la atención? ¿Qué nos puede enseñar hoy en la manera de proponer la fe?
– Hay muchos, pero yo destacaría quizá a los santos evangelistas, que hicieron un gran trabajo de comunicación, y también a San Francisco de Asís, supongo que por la radicalidad con que supo hacer vida la Palabra, comunicando así a Jesucristo de manera tan formidable que no solo resultó atractivo a sus contemporáneos sino a las sucesivas generaciones hasta el día de hoy. Más recientemente hay que reconocer las notables capacidades como comunicador del beato Juan Pablo II. De todos ellos me quedo con la confianza –un valor tan en crisis hoy en día- que fueron capaces de ganarse de los demás mediante una comunicación coherente con el testimonio que con su vida dieron de su fe.

– Un eslogan para presentar a Jesucristo.
– Hay tantos y tan buenos que me resulta difícil redactar uno nuevo. A bote pronto te diría: la experiencia del amor de Dios

(Información Elaborada por G. FARRÉ. Castellón)

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