La unidad de los cristianos
Mons. José María Yanguas Queridos diocesanos:
Cada año, durante la semana que va del 18 al 25 de enero, día en que se celebra la fiesta de la Conversión de San Pablo, la Iglesia intensifica su oración por la unidad de los cristianos. En la conciencia de la Iglesia este es, ciertamente, un asunto mayor. Está en juego, en efecto, un deseo explícito del Señor, manifestado abiertamente en las horas solemnes de su Última Cena con los Apóstoles: “Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn, 17, 21).
Desde mediados del siglo pasado, los esfuerzos de oración, diálogo teológico y acciones comunes por llegar a la plenitud de unidad querida por Jesucristo para todos los que creerían en Él, es decir lo que llamamos ecumenismo, ha sido un objetivo permanentemente promovido por aquellos cristianos que sentían la desunión de los discípulos de Jesús como una herida en el corazón mismo de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, de cuyo inició celebraremos 50 años en octubre de este año, estaba cierto de que una de sus principales metas era “la promoción de la restauración de la unidad entre todos los cristianos” (Decreto sobre Ecumenismo, Unitatis redintegratio, 1). Los últimos Papas por su parte han tenido entre los propósitos más queridos de sus pontificados el de la unión de los cristianos.
Esta unidad es condición imprescindible “para que el mundo crea”. Hoy de manera particular, cuando el relativismo niega la existencia de una verdad sobre Dios, el mundo y el hombre, y diluye las convicciones, fuertes en otro tiempo, sobre valores fundamentales; cuando el hedonismo pretende hacer del placer el bien supremo y casi único, y cuando la libertad, desligada de la verdad, se exalta de tal modo que pone en peligro la serena convivencia de los hombres y de los pueblos. Todo ello hace más urgente el que lo cristianos demos un testimonio fuerte, unido, de la verdad del Evangelio y de la vida que de él surge.
La restauración de la unidad entre todos los cristianos, con la superación de viejos prejuicios, de fáciles descalificaciones, de juicios apresurados, de desconocimientos mutuos, etc., exige por parte de todos un corazón abierto a la acción del Espíritu Santo que mueve a la unidad. Requiere la firme voluntad de dejarnos interpelar por la Palabra de Dios, el deseo de una fidelidad al Maestro purificada de continuo, y una disposición firme de conversión del corazón. Como precisa el Concilio: “Recuerden todos los fieles que tanto mejor promoverán e incluso practicarán la unión de los cristianos cuanto mayor sea su esfuerzo por vivir una vida más pura según el Evangelio” (ibídem, 7).
La restauración de la unidad pide también sentir verdaderamente próximos a quienes son nuestros hermanos; apreciar las verdades de fe, la riqueza de oración y los valores de vida que nos unen; colaborar como discípulos de Jesús en la promoción de la paz y de la justicia, de la vida humana, del respeto de los derechos inalienables de todos, del cuidado de los más débiles y desprotegidos, de la solidaridad efectiva con los que sufren.
Vale la pena orar en estos días, con fe y confianza, al Señor común de todos los cristianos, para que Él nos conceda el don preciosísimo de la unidad, de modo que hechos “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4, 32), anunciemos al mundo la buena nueva de la salvación y construyamos un mundo según los designios de Dios.
+José María Yanguas
Obispo de Cuenca


