En el horizonte del año nuevo


Mons. Francisco Gil Hellín    Qué nos deparará el año que acaba de comenzar? A juzgar por lo que se ve en los telediarios y se lee en los periódicos, un año aún más «horribilis» que el anterior. Me parece que esta visión es, cuando menos, parcial, pues toma «la parte por el todo» y, además, la parte que se toma no es la más importante: «la economía» y, más en concreto, «la crisis económica». No obstante, tal visión parcial se ha incrustado con tal fuerza y extensión, que cuando hablamos de “crisis” se da por descontado que se trata de la crisis económica y cuando hablamos de soluciones nos referimos a las medidas económico-financieras que pueden sacarnos de ella. Daría la impresión de que hemos inventando un hombre nuevo: el “homo economicus” (el hombre económico). No voy a negar que la crisis que estamos padeciendo tiene su importancia. Digo más: tiene mucha importancia, sobre todo para las personas más desfavorecidas y, dentro de ellas, de las que están en paro; y que será poco lo mucho que hagamos por ellas. Pero, a mi modo de ver, hay «otras cosas» no menos importantes y «alguna» mucho más importante.

Pensemos en «el día después» de haber superado la crisis actual, que algún día superaremos. ¿Si para entonces seguimos matando seres inocentes en el seno de su madre, destruyendo la inocencia de los niños, dinamitando los cimientos de la fidelidad conyugal, habremos resuelto verdaderamente «la crisis»? ¿Si entonces Dios sigue siendo el gran ausente del horizonte de nuestra vida personal y social, habremos dado respuesta a los «grandes porqués» de toda persona, a saber: por qué vivimos, por qué morimos, por qué sufrimos, por qué trabajamos, por qué amamos? Los interrogantes podrían multiplicarse, pero los aducidos bastan para evidenciar que la economía y la crisis económica no son «el núcleo» del problema. El «núcleo» es la persona: su inmensa dignidad y valor, su destino trascendente y eterno, su apertura a los demás, su condición de criatura hecha a imagen y semejanza de su Hacedor.

El sabio pontífice Benedicto XVI, que con sabiduría y paciencia nos está guiando hacia «otro» mundo, no cesa de enviarnos mensajes a quienes vivimos en la vieja Europa. Esos mensajes son, sobre todo, dos: Europa camina sin rumbo porque ha perdido su fe en la razón y en Dios, y Europa ha de recuperar la persona humana como imagen de Dios y colocarla en el epicentro de sus acciones. Sin esas dos premisas, quizás superemos la crisis económica actual, pero volverán otras, quizás más graves, y seguirán sin resolverse la gran pregunta: qué es el hombre y por qué y para qué está en este mundo. «La civilización occidental –decía el pasado día de Reyes-, parece haber perdido la orientación  y navega sin rumbo.La Iglesia,  gracias ala Palabrade Dios, ve a través de estas tinieblas. No posee soluciones técnicas, pero tiene la mirada dirigida a la meta, y ofrece la luz del Evangelio a todos los hombres de buena voluntad, de cualquier nación y cultura».

Una parte no pequeña de esa luz tendremos que orientarla los cristianos que vivimos en España hacia la reconciliación. Es urgente e inaplazable restaurar un clima de concordia, de pacífica convivencia, de perdón mutuo, de respeto a las ideas de los demás, de libertad verdadera más allá de su apariencia formal, de colaboración mutua desde la discrepancia legítima. ¡Que Dios nos conceda grandeza de ánimo y amplitud de mente para enterrar definitivamente el odio, el rencor y la revancha!

¿Cómo será, por tanto, el año 2012? Como sean las acciones y omisiones que hagamos para dignificar a la persona humana como imagen inviolable de Dios, y, en el caso de los españoles, con el añadido de lo que hagamos y omitamos para recuperar la convivencia pacífica y cooperadora entre todos.

+ Francisco Gil Hellín

Arzobispo de Burgos

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