Octavario de oración por la unidad de los cristianos


Mons. Manuel Ureña   El próximo miércoles, día 18 de enero, comienza en toda la Iglesia el Octavario de oración por la unidad de los cristianos. De un modo especial hacemos nuestra en estos días la oración sacerdotal de Cristo:…para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí (Jn 17, 21-23).

Así pues, en la misma Escritura encontramos la petición vibrante de Jesús al Padre de que sus discípulos sean una sola cosa, para que el mundo crea. Ojalá venga pronto el tan ansiado día en que todos los discípulos del Señor podamos sentarnos en torno a una misma mesa para comer del mismo pan y beber del mismo cáliz (cf VD 46).

Como se sabe, en el hemisferio norte del Planeta, la Semana de oración por la unidad de los cristianos se celebra del 18 al 25 de enero. Y se sabe también que estas fechas fueron propuestas en 1908 por Paul Watson para cubrir el periodo entre la fiesta de San Pedro y la de San Pablo.

En lo que se refiere a la elección del tema anual del Octavario y a la preparación de materiales, esta gran labor corre siempre a cargo de una comisión mixta nombrada por el Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos y por la Comisión Fe y Constitución del Consejo Mundial de las Iglesias. Todo ello, lema y materiales, apunta a hacer posible la oración ecuménica, que tiene dos objetivos: dar gracias a Dios por el grado de comunión ya alcanzado entre los cristianos y para pedirle nos siga guiando hacia la plena unidad querida por Cristo.

Tras amplias y muy sustanciosas discusiones por parte de los responsables legítimos, el tema del Octavario para este año concierne al poder transformador de la fe en Cristo, una fe que entra por el oído merced a la escucha de la Palabra de Dios; una fe que transforma y regenera nuestro ser; y una fe que, al renovarnos interiormente, hace posible el florecimiento en nosotros de la virtud de la caridad, la cual nos pone incondicionalmente al servicio del prójimo y nos urge a dar la vida por los hermanos.

Por eso, el lema de este año para la semana de oración por la unidad de los cristianos se inspira en el texto de 1 Cor 15, 51-58: “Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo”.

A esta transformación hay que apuntar. La unidad de los cristianos vendrá como consecuencia de nuestra transformación y regeneración en Cristo.

¿Cómo se llevará a cabo nuestra transformación en Cristo? Tal proceso espiritual comienza por la fe en Cristo, la cual nos lleva a la conversión de la mente y del corazón, al cambio radical de vida, a la penitencia y al amor a Dios y a los hermanos. Finalmente, instalados en el amor a los hermanos, descubriremos que este amor implica la voluntad firme de renunciar a la práctica de la competencia entre nosotros y la voluntad no menos firme de entrar por el camino de la apertura de unos a otros, dando y recibiendo los dones en intercambio y guiados siempre por el principio de servir y no por el principio de ser servidos.

El Octavario de oración por la unidad de los cristianos nos plantea este año una pregunta sin duda molesta, pero muy necesaria: ¿no puede haber sucedido que los cristianos no hayamos llegado todavía a la unión plena entre nosotros por culpa de haber errado el camino conducente a la unidad?

Pues bien, sobre nuestra transformación en Cristo como condición previa de posibilidad del advenimiento de la unidad tratará el Octavario.

En el primer día se contempla nuestra transformación por Cristo Salvador (Mc 10, 45). En el segundo, nuestra transformación por la espera paciente del Señor (cf Mt 3, 15). En el tercero, nuestra transformación por el siervo doliente (cf 1 Pe 2, 21). En el cuarto, nuestra transformación por la victoria del Señor sobre el mal (cf Rom 12, 21). En el quinto, nuestra transformación por la paz de Cristo resucitado (cf Jn 20, 19). En el sexto, nuestra transformación por el amor inconmovible de Dios (cf 1 Jn 5, 4). En el séptimo, nuestra transformación por el Buen Pastor (cf Jn 21, 17). Y, en el día octavo, nuestra unión perfecta en el Reino de Cristo (cf Ap 3, 21).

No tomemos, pues, atajos para apresurar la llegada a la unidad. La unidad es un don de Dios, y un don de Dios que él sólo otorga en el seno de la santidad.

+Manuel Ureña Pastor

Arzobispo de Zaragoza

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