La familia española y europea: retos y urgencias

Mons. Francisco Gil Hellín

En una ocasión, un eminente profesor universitario me decía con gran convencimiento: mi mejor universidad no fue la institución en que hice mi carrera sino mi familia. Allí aprendí a hablar, a rezar, a querer, a perdonar, a trabajar, a practicar la caridad con los pobres, a respetar a los mayores y tantas otras cosas. No le faltaba razón y muchos podríamos decir lo mismo.
Dios lo ha querido así. Los padres, en efecto, son los que transmiten la vida a sus hijos y hacen que éstos no sean producto de una fábrica o de un laboratorio sino fruto de su amor mutuo. Los padres, además de la vida biológica, transmiten y educan la vida de sus hijos en toda su integridad: intelectual, afectiva, social, ética, espiritual, etcétera. Los padres son los primeros que descubren a sus hijos –más con los hechos que con las palabras- que ellos son dignos de su amor por el mero hecho de ser hijos, con independencia de sus cualidades, carencias y defectos. También son los primeros que enseñan a los hijos que no son las únicas personas que viven en el mundo o que no dependen de nadie, sino que forman parte de una gran familia: la familia humana.
En el caso de los padres cristianos, ellos piden el bautismo para sus hijos y les posibilitan así que puedan ingresar en una nueva familia: la Iglesia. Se preocupan de que participen en la catequesis de la parroquia y les acompañan en los grandes acontecimientos de su vida: el día de la Primera Comunión, de la boda, de la profesión o de su ordenación sacerdotal. Esta acción de los padres respecto a la fe y vida cristiana de sus hijos es tan decisiva, que no puede ser suplida por el colegio, la parroquia ni ninguna otra instancia social.
En estos momentos, la familia tiene abiertos muchos frentes tanto en su dimensión social como espiritual. Se está intentando cambiar su misma estructura natural, e introducir en las legislaciones una concepción de matrimonio y familia contrarios a la naturaleza de las cosas. La transmisión de la vida es considerada como una carga, cuando no una opresión de la mujer. Las plagas del divorcio y del aborto son ya unas olas tan gigantescas que amenazan gravemente la misma existencia de tantas naciones.
La familia, por tanto, necesita autodefenderse y autoprotegerse contra éstos y otros muchos factores negativos. Más aún, necesita asociarse y unirse a otras familias, con el fin de propulsar una justa política familiar que responda a sus derechos, necesidades e ilusiones. Esta tarea es tan urgente como inaplazable.
Europa ha sido tradicionalmente un continente que valoraba, apoyaba y defendía la familia como quicio de su organización social. Sin embargo, en estos momentos se comprueba que está orientándose hacia otros derroteros. Pequeñas, pero poderosas e influyentes, minorías presionan a los parlamentos nacionales y al mismo parlamento europeo para que implanten otros tipos de familia, esgrimiendo que “eso” es lo que desea la gente o, al menos, las personas más progresistas. Europa debe reaccionar antes de que sea demasiado tarde. No debería olvidar que sociedades tan grandes y cultivadas como la griega o la romana, fueron barridas por pueblos mucho menos cultos y desarrollados pero mucho más sanos desde el punto de vista biológico y ético.
España no es ajena a esta situación. Más aún, si no se da un giro radical en la protección de la familia natural, dentro de no muchos años seremos una sociedad decreciente en habitantes, envejecida hasta límites insostenibles e incapaz de hacer frente a las coberturas que ahora tenemos en materia de pensiones, salud y educación. No es ninguna exageración: o cambiamos radicalmente las políticas a favor de la familia, o nos convertiremos en un país irreconocible y, a medio plazo, decadente. ¿Será éste un objetivo perseguido por quienes no desean que seamos un país grande y admirado?

+ Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

Acerca del autor

Francisco Gil Hellín nace en La Ñora, Murcia, el 2 de julio de 1940. Primeros estudios en el Colegio de la Merced de los Hermanos Maristas. Estudios sacerdotales en el Seminario Diocesano de Murcia, diócesis de Cartagena. Ordenación sacerdotal el 21 de junio de 1964. Primer destino pastoral: Coadjutor de Santiago Apóstol de Totana. Profesor del Instituto de Enseñanza Media y Vicedirector. Licencia en Sagrada Teología en la Universidad Gregoriana de Roma (1966-1968) y en Teología Moral en el Instituto de S. Alfonso de Roma (1968-1970). Vicario Cooperador en la Parroquia de Santa Emerenciana de Roma (1967-1969) y Director espiritual del Centro ELIS (Centro de formación de jóvenes trabajadores) en el barrio Tiburtino y Colaborador en la Parroquia de S. Giovanni al Collatino de Roma (1969-1970). Coadjutor de la Parroquia de S. Nicolás de Murcia, Profesor de Teología en la Facultad de Medicina y de Teología Moral del Instituto Superior de Teología (1970-1972). Canónigo Penitenciario de la Diócesis de Albacete por concurso de oposición hasta 1975. Profesor de la Escuela de Enfermeras de Santa Cristina y Director espiritual del Instituto Femenino de Enseñanza Media. Labor pastoral: dedicación al Sacramento de la Penitencia; predica abundantes Retiros y Cursos de retiro para jóvenes, adultos y sacerdotes. Tesis doctoral en septiembre de 1975 en la Universidad de Navarra sobre Los bona matrimonii en la Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II. Canónigo Penitenciario de la Archidiócesis de Valencia por concurso de oposición (13-XI-75). Profesor de la Facultad de Teología de S. Vicente Ferrer. Capellán del Colegio Mayor Universitario de la Asunción. Labor pastoral: Cursos de retiro para Universitarias; en la Catedral ejerce el Sacramento de la Penitencia. Juan Pablo II le nombra Subsecretario del Pontificio Consejo para la Familia (17-IV-85). Profesor en el Instituto Juan Pablo II de la Universidad del Laterano y en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Colaborador en la parroquia de Santo Tommaso Moro de Roma. Nombrado por S. S. Juan Pablo II Obispo titular de Cizio y Secretario del Pontificio Consejo para la Familia (3-IV-96). Arzobispo de la Archidiócesis de Burgos desde el 28 de marzo de 2002. Miembro del Comité de Presidencia del Pontificio Consejo para la Familia.
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