La familia española y europea: retos y urgencias
En una ocasión, un eminente profesor universitario me decía con gran convencimiento: mi mejor universidad no fue la institución en que hice mi carrera sino mi familia. Allí aprendí a hablar, a rezar, a querer, a perdonar, a trabajar, a practicar la caridad con los pobres, a respetar a los mayores y tantas otras cosas. No le faltaba razón y muchos podríamos decir lo mismo.
Dios lo ha querido así. Los padres, en efecto, son los que transmiten la vida a sus hijos y hacen que éstos no sean producto de una fábrica o de un laboratorio sino fruto de su amor mutuo. Los padres, además de la vida biológica, transmiten y educan la vida de sus hijos en toda su integridad: intelectual, afectiva, social, ética, espiritual, etcétera. Los padres son los primeros que descubren a sus hijos –más con los hechos que con las palabras- que ellos son dignos de su amor por el mero hecho de ser hijos, con independencia de sus cualidades, carencias y defectos. También son los primeros que enseñan a los hijos que no son las únicas personas que viven en el mundo o que no dependen de nadie, sino que forman parte de una gran familia: la familia humana.
En el caso de los padres cristianos, ellos piden el bautismo para sus hijos y les posibilitan así que puedan ingresar en una nueva familia: la Iglesia. Se preocupan de que participen en la catequesis de la parroquia y les acompañan en los grandes acontecimientos de su vida: el día de la Primera Comunión, de la boda, de la profesión o de su ordenación sacerdotal. Esta acción de los padres respecto a la fe y vida cristiana de sus hijos es tan decisiva, que no puede ser suplida por el colegio, la parroquia ni ninguna otra instancia social.
En estos momentos, la familia tiene abiertos muchos frentes tanto en su dimensión social como espiritual. Se está intentando cambiar su misma estructura natural, e introducir en las legislaciones una concepción de matrimonio y familia contrarios a la naturaleza de las cosas. La transmisión de la vida es considerada como una carga, cuando no una opresión de la mujer. Las plagas del divorcio y del aborto son ya unas olas tan gigantescas que amenazan gravemente la misma existencia de tantas naciones.
La familia, por tanto, necesita autodefenderse y autoprotegerse contra éstos y otros muchos factores negativos. Más aún, necesita asociarse y unirse a otras familias, con el fin de propulsar una justa política familiar que responda a sus derechos, necesidades e ilusiones. Esta tarea es tan urgente como inaplazable.
Europa ha sido tradicionalmente un continente que valoraba, apoyaba y defendía la familia como quicio de su organización social. Sin embargo, en estos momentos se comprueba que está orientándose hacia otros derroteros. Pequeñas, pero poderosas e influyentes, minorías presionan a los parlamentos nacionales y al mismo parlamento europeo para que implanten otros tipos de familia, esgrimiendo que “eso” es lo que desea la gente o, al menos, las personas más progresistas. Europa debe reaccionar antes de que sea demasiado tarde. No debería olvidar que sociedades tan grandes y cultivadas como la griega o la romana, fueron barridas por pueblos mucho menos cultos y desarrollados pero mucho más sanos desde el punto de vista biológico y ético.
España no es ajena a esta situación. Más aún, si no se da un giro radical en la protección de la familia natural, dentro de no muchos años seremos una sociedad decreciente en habitantes, envejecida hasta límites insostenibles e incapaz de hacer frente a las coberturas que ahora tenemos en materia de pensiones, salud y educación. No es ninguna exageración: o cambiamos radicalmente las políticas a favor de la familia, o nos convertiremos en un país irreconocible y, a medio plazo, decadente. ¿Será éste un objetivo perseguido por quienes no desean que seamos un país grande y admirado?
+ Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos



