Solemnidad de la Natividad del Señor
Mons. Manuel Ureña El 25 de diciembre celebramos año tras año el nacimiento del Verbo de Dios según la carne.
Este hecho, el más grande de todos cuantos se han dado en la historia, ocurrió en un espacio y en un tiempo concretos y determinados. Y, por haber sido concebido y haber nacido al mundo según las leyes propias de la generación humana, el Verbo de Dios preexistente y eterno tuvo una madre biológica, naciendo así de una mujer.
Respecto del lugar físico, el nacimiento del Verbo de Dios aconteció en Belén de Judea, a donde los padres de Jesús, el Verbo de Dios hecho carne, habían acudido para empadronarse, en cumplimiento del decreto del emperador romano Augusto, un decreto que hizo cumplir en Siria el gobernador Cirino (cf Lc 2, 1-7).
En cuanto al tiempo en que tal hecho salvífico se produjo, el nacimiento de Dios según la carne sucedió cerca de mil años después de que David fuera ungido rey, justo el año en que tuvo lugar la Olimpiada 194, el año 752 de la fundación de Roma, fechas éstas que coinciden con el año 42 del imperio de César Augusto.
Finalmente, la madre espiritual y biológica de Cristo, el Hijo único del Padre, fue María, mujer natural de Nazaret, una ciudad de la Galilea. Aquella tierna joven, la única mujer de la humanidad preparada por Dios para recibir al Señor y sostenerle en su persona, era una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David (cf Lc 26 y ss.).
Pues bien, en aquel día sacro y en aquel lugar venturoso vino Cristo al mundo, abrió sus ojos a la luz del sol y montó su tienda entre nosotros los hombres.
La significación salvífica de este hecho no se esconde a nadie. Creados a imagen y semejanza de Dios, y llamados a la comunión plena con él, los hombres habíamos perdido por el pecado la comunión con Dios y, por tanto, la posibilidad de cumplir las exigencias de nuestra vocación más honda. De ahí que, hundidos por el peso de nuestras culpas, los hombres camináramos tanto tiempo en tinieblas y habitáramos en tierra y en sombras de muerte, como dice el profeta Isaías (cf 9, 1 y ss.).
Pero Dios no nos abandonó a nuestra suerte. Al contrario, hablando en muchas ocasiones y de muchas maneras a nuestros antepasados por medio de los profetas, en la etapa final de la historia, él nos habló por medio de su Hijo (Hebr 1, 1 y ss.). Éste, el Hijo, que existía desde siempre, que estaba siempre junto a Dios y que era Dios, y que era la verdad, la vida y la luz de los hombres, se hizo carne y habitó entre nosotros (cf Jn 1, 1 y ss.).
Esto supuesto, la Navidad es la memoria de la venida al mundo del Hijo de Dios. Tal memoria es subversiva, pues introduce una revolución en nuestra existencia, ya que desinstala y arranca ésta de los falsos cimientos en los que con frecuencia hacemos descansar nuestro ser. El recuerdo del Hijo de Dios nacido en Belén hace dos mil años nos tiene que urgir a que salten en pedazos las convenciones y los usos que rigen nuestro actuar diario. La Navidad denuncia el “status” de nuestra vida y nos empuja a vencer nuestra pereza y a salir al encuentro del Señor. Así lo hizo María; así lo hicieron los pastores; y así lo hicieron los Reyes Magos. Salgamos también nosotros al encuentro del Señor, recibámosle en nuestras vidas y tengamos la fuerza suficiente para que no se nos caiga.
Le descubriremos en la escucha de la palabra de la Escritura, en la oración y en los sacramentos de la Iglesia, particularmente en la penitencia y en la Eucaristía. Y Cristo el Señor se nos hará también presente en los hermanos, de forma especial en los más pobres y necesitados.
Os deseo a todos una santa y feliz Navidad.
Que, por medio de la fe y siguiendo los caminos de Santa María, también nosotros concibamos y engendremos al Verbo de Dios en nuestras almas. Pues, como dice San Ambrosio, si, en cuanto a la carne, sólo existe una Madre de Cristo, en lo que se refiere a la fe, Cristo es el fruto de todos.
Pero ¿podrá Cristo nacer y crecer en nuestras vidas, tantas veces rotas por el pecado? ¿Podrán soportar nuestras almas el yugo suave del Señor, su carga ligera? ¿Tendremos fuerza suficiente para acercarnos a él, envolverle en pañales, acunarle, tocarle, besarle y abrazarle?
¡Haz, Señor, que, alcanzados por la gracia de la conversión, seamos hechos dignos de que entres en nuestras casas y pongas tu portal en ellas! ¡Señor, dígnate nacer en nosotros para que nosotros podamos volver a nacer en ti!
+Manuel Ureña Pastor
Arzobispo de Zaragoza


