Cuando la Navidad se hace gesto imitando al Maestro


Mons. Jesús Sanz Montes    Queridos hermanos y amigos: Paz y Bien. Primero vienen los adornos que ambientan calles, plazas y escaparates. Luego los primeros sones con aire de villancico, y finalmente llegan estas fiestas entrañables que llenan de magia cristiana unos días del todo especiales. El motivo ya es sabido: recordar el gesto de Dios cuando hace algo más de dos mil años nos nació como niño de aquella doncella virgen, María de Nazaret. El vino entonces, y prometió volver al final de los tiempos una vez que regresó junto a su Padre, pero se deja ver entre nosotros no ahorrando abrirnos su tienda de encuentro en medio de nuestras mil contiendas de desencuentro. Esto es lo que celebramos los cristianos en la Navidad.

Hasta aquí no hay nada nuevo que no sepamos ya. Y los cristianos que tenemos noticia de esta denominación de origen de unas fiestas navideñas, sabemos dar el sentido y vivimos como mejor sabemos el significado de cada símbolo, de cada adorno, de cada cántico, de cada celebración litúrgica y de cada encuentro familiar al llegar estos días únicos en el año.

Pero me ocurrió el año pasado algo que rompió de alguna manera este paisaje navideño habitual. No lo destruyó, digo bien: lo rompió. La Nochebuena, noche buena de verdad, fui al comedor social que llevan las Hijas de la Caridad de Oviedo, la popular “Cocina Económica”. Quise servir la cena junto a los demás voluntarios. Y allí estaban esos hermanos nuestros, preferidos de Jesús y tantas veces prescindidos por la sociedad. Eran pobres con muchos rostros, de distintas edades, pero se veía que no todos estaban allí aquella noche por el mismo motivo.

Recuerdo una mesa que quería ser discreta, quería estar escondida, y sus comensales querían evitar ser y estar sentados en esa cena. Era una familia relativamente joven, que vestía normal, los padres y los tres hijos que me clavaban la mirada como diciendo: a quién hay que pedir perdón por estar aquí, o quien nos debe pedir perdón por esta cena. Yo servía lo que habían preparado con todo cariño para ellos en la cocina, y lo hacíamos con el respeto de quien da de comer al mismo Dios que se hace hambriento en sus necesitados hijos. El mandil, como también lo llevaban los demás voluntarios, destacaba en mi caso sobre el hábito franciscano. Pero por el anillo en mi dedo, o por mi cruz pectoral que colgaba del cuello, sabían que con esa guisa, era un cura de esos o acaso el mismo arzobispo.

La madre rompió a llorar con discreción. El padre acarició su rostro con inmensa ternura. Y los hijos quedaron silenciosos quizás no entendiendo casi nada, o acaso sintiendo miedo, o vergüenza, o sencillamente una confusión difusa. “Nunca –me aseguraban–, nunca hubiésemos creído que cenaríamos una Nochebuena en un comedor así”. Y ante mi mirada que trataba de acoger sin preguntas ese testimonio de dolor y de extrañeza, me dijeron: “mire, Padre, hace más de cuatro meses que en casa no entra dinero; estamos en el paro y no se vislumbra remedio. Somos una familia normal, con una vida normal, que de pronto pasa a la lista del desempleo y no tenemos ya qué vender, qué empeñar, para sacar a nuestros hijos adelante, para seguir viviendo con dignidad. Creemos en Dios y entre nosotros nos queremos. Gracias por estar con nosotros esta noche todos Vds., gracias por servirnos esta cena de fiesta y abrirnos esta casa de la Iglesia donde hay calor, comida, amor, donde en medio de la oscuridad de nuestra tristeza se ha encendido la luz de la navidad”.

Yo quedé conmovido. Al llegar a casa, cuando terminó la cena, cuando acabaron los villancicos que les cantamos con los tunos alegres que vinieron a poner su púa y su trino, cuando nos quitamos los mandiles quienes por un rato pusimos voluntariamente nuestra buena voluntad, nuestra vida volvió a su normalidad. Ellos volvieron a la suya. Y ambas normalidades… ¡eran tan distintas, aunque era única la Navidad!

Yo doy gracias a Dios por la Cocina Económica en Oviedo y en Gijón, por los albergues que tenemos para la gente sin trabajo y sin techo, por lo que se hace desde Cáritas diocesana, Siloé, Proyecto Hombre, Hogar Covadonga, Manos Unidas, Conferencias de San Vicente y tantas más que hacen de la Navidad un portal en donde la ternura y misericordia de Dios dura 365 días al año.

Invito a mis hermanos sacerdotes y a cuantos quieran o puedan secundarlo, a que nos privemos de la paga extraordinaria de Navidad en beneficio de quienes no tienen paga ordinaria desde hace tantos meses. Es un humilde gesto de solidaridad cristiana, que mirando el gesto de Dios que se hizo hombre de veras, nos permite compartir en algo el dolor y la necesidad de tantos hermanos. Entregar a cualquiera de nuestras instituciones de caridad diocesanas el importe de esta nómina como compromiso que va más allá de los adornos, de los cánticos, del ambiente que llena estos días santos. Es un compromiso que pasa por el bolsillo extraordinario a favor de quienes incluso el ordinario lo tienen vacío. La navidad es recuerdo vivo de cuanto Dios hizo y hace por nosotros. Testimoniemos así, quien buenamente pueda y quiera, que hay hambrientos, desnudos, parados, sin techo, en los que Dios nos espera en un belén viviente en donde se sufren nuestros hermanos, y en donde Él los abraza con el abrazo nuestro.

Recibid mi afecto y mi bendición.

 

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

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