Dios viene
Mons. Carlos Escribano Anunciad a los pueblos y decidles: “Mirad, viene Dios, nuestro Salvador”. Esta frase la proclama toda la Iglesia en la liturgia de las primeras vísperas del primer domingo de Adviento. Comienza un nuevo año litúrgico y desde el principio se nos invita a renovar el anuncio salvador a todos los pueblos. La expresión (viene) está escrita en presente, haciéndonos caer en la cuenta de la novedad del acontecimiento. No estamos ante un hecho que ya ocurrió o que está por venir. Nos sugiere el presente: en cualquier momento Dios viene.
Dios anhela al hombre. Quiere encontrase con nosotros, en el fondo por tener una aspiración, un deseo para nuestra vida: que seamos felices. El Adviento nos invita a tomar conciencia de este hecho y a actuar de manera coherente con él. Dios es un Padre que no deja de pensar nunca en nosotros, que respeta nuestra libertad pero que desea establecerse en medio de su pueblo para librarnos del mal y de la muerte.
Esa venida es la que nos recuerda este tiempo litúrgico. Venida que la tradición de la Iglesia siempre ha contemplado en tres momentos. El primero hace referencia al pasado: el acontecimiento de Belén. El segundo mira al futuro: la venida gloriosa al final de la historia, de tal manera que los textos litúrgicos del Adviento nos recuerdan estas dos venidas. Los primeros días apuntan a la venida al final de los tiempos. A partir del 18 de diciembre miraremos al Nacimiento incipiente en una aldea de Judá.
Pero aún hay una tercera venida que tiene lugar en el alma de los creyentes produciéndose en nuestro corazón una “encarnación espiritual”, según feliz expresión del Papa Benedicto XVI. El paradigma de esta acogida es Santa María que conservó en su corazón la propuesta de salvación de su Hijo Jesucristo.
Esta tercera acogida, el pueblo de Dios sabe que debe hacerla con la oración y las buenas obras. Una y otras nos hacen constructores de la paz, una de las grandes aspiraciones de la humanidad entera, a la espera de que el príncipe de la Paz acampe entre nosotros. El Adviento se convierte así en un tiempo adecuado para entrar en comunión también con todos aquellos –que gracias a Dios son muchos– que esperan un mundo más justo y más fraterno. Este compromiso por la justicia puede unir, en cierto sentido, a los hombres de cualquier nacionalidad y cultura, creyentes y no creyentes, pues todos estamos animados por un anhelo común, aunque distinto en las motivaciones, hacia un futuro de justicia y de paz.
Vamos a intentar comenzar este tiempo de Adviento, despertando en nuestro interior la espera del DIOS QUE VIENE. Preparemos nuestro corazón para que el Señor nazca en él.
+ Carlos Escribano Subías,
Obispo de Teruel y de Albarracín


