Primer domingo de Adviento
Mons. Manuel Ureña Hoy comienza en toda la Iglesia el año litúrgico. A través de este ciclo anual, ella, la esposa mística de Cristo, considera deber suyo irrenunciable celebrar sacramentalmente la obra salvífica de su divino Esposo. De este modo, la Iglesia, por medio de la celebración sincrónica y diacrónica de los misterios de la redención, abre de par en par las puertas del tesoro de su poder santificador y de los méritos de su Señor para que los fieles podamos tener acceso a semejantes riquezas y ser hechos partícipes de la gracia de la salvación (cf SC 102).
El año litúrgico se despliega, como sabéis, en varios ciclos, que se dividen en dos clases: tiempos fuertes y tiempo ordinario. Tiempos litúrgicos fuertes son Adviento-Navidad-Epifanía y Cuaresma-Pascua-Pentecostés. Y tiempo litúrgico ordinario es el tiempo comprendido entre el periodo final de un ciclo litúrgico fuerte y el primer periodo del ciclo siguiente, esto es, entre Epifanía y Cuaresma, y entre Pentecostés y Adviento.
El año litúrgico comienza, pues, con el Adviento.
¿Qué es el Adviento?
El Adviento es el tiempo del año litúrgico en el que la Iglesia hace memoria de la espera de la primera venida del Hijo de Dios a los hombres y, en el que, simultáneamente, nos urge a esperar la segunda venida de éste al final de los tiempos. Radicalizando estas palabras del Martirologio Romano, el Catecismo (=CCE) nos dice que, al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza la espera del Mesías. De este modo, la participación en la larga preparación de la primera venida del Salvador, renueva en nosotros, los fieles, el deseo ardiente de su segunda venida (cf nº524).
Dicho en síntesis, el deseo de Dios y el deseo de su venida al mundo son los deseos más fuertes del alma humana, pues ésta aspira a ver el rostro de Dios para llegar a ser realmente sí misma, cosa que no puede lograr por sus propias fuerzas. No en vano exclama el salmista expresando tales deseos: De ti, Señor, ha dicho mi corazón: “Busca su rostro”. Sí, tu rostro buscaré, pues eso es justo lo que busco, Señor; no me ocultes tu rostro, no rechaces irritado a tu siervo (Sal 27, 8-9).
Pues bien, la búsqueda de Dios, que se corresponde con la textura más honda del alma del hombre, encuentra una respuesta positiva en la religión revelada del antiguo pueblo de Israel.
Tal respuesta la formulamos así: Dios promete al pueblo escogido, al pueblo de la primera alianza, rasgar un día los cielos y mostrarse a los hombres para calmar su hambre y su sed de Absoluto.
Apartir de este momento, la espera de Dios se hace particularmente intensa en Israel, pues esta espera ya no obedece sólo a exigencias naturales de la persona humana. Tal espera está ahora justificada, además, en la promesa hecha por Dios de colmarla un día con su presencia.
Sin duda, con la venida de Cristo, una vez llegada la plenitud de los tiempos, se cumple la promesa de Dios a su pueblo. Con esta venida en la humildad de nuestra carne, Dios realiza el plan de redención trazado desde antiguo y nos abre el camino de la salvación, una salvación que adquirirá pleno cumplimiento en un momento de la historia que nadie conoce excepto el Padre.
Consecuentemente, si el tiempo que media entre la promesa de Dios hecha a Israel y la primera venida de Cristo marca el tiempo de Adviento para aquel pueblo, el tiempo que media entre la venida de Cristo en carne y su segunda venida en gloria marca el Adviento cristiano, nuestro adviento propio.
Uno y otro son advientos ciertamente distintos. Pero la pasión con que se vive la espera de Dios en cada uno de ellos ha de ser la misma. E idéntica ha de ser también la preparación. Y la Iglesia nos invita a esperar y a preparar la segunda venida del Salvador con la misma ansia y con el mismo afán con que el “Resto de Israel” esperó la venida del Mesías y se preparó para recibirle.
La espera ha de ser activa, militante. Así nos lo advierte San Pablo: Ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz (Rm 13, 11b-12). Y la preparación comienza por activar y hacer operante la fe en Dios; la fe, sin la cual nadie puede agradar a Dios; la fe, que genera siempre la esperanza en Él, esa esperanza que, sin la fe, se torna débil, desilustrada y falta de horizonte, inconsistente y fugaz; la fe, que, con la esperanza, constituye el fundamento de la caridad. Solamente la caridad en la fe es digna de tal nombre. La caridad sin la fe no es tal caridad. Será otra cosa; puede ser incluso una cosa buena, laudable, un valor, pero no será caridad. Las obras que son fruto de la caridad muestran en sí mismas la fe, llevan la fe en su seno.
Que el Adviento que hoy comenzamos esté presidido por la esperanza militante en la segunda venida del Señor y por una preparación a esta venida fundada en la fe, en la esperanza y en la caridad. Que el amor a Dios y a los hermanos presida nuestro Adviento.
† Manuel Ureña Pastor
Arzobispo de Zaragoza


