La ciudad de Dios
Para comprender el sentido de lo que la Iglesia festeja con la solemnidad de Todos los Santos es muy útil acudir al precioso prefacio de la Misa propia de ese día. Tras el diálogo inicial con la asamblea y la afirmación de que es justo y necesario dar gracias a Dios, el sacerdote canta: «Porque hoy nos concedes celebrar la gloria de tu ciudad santa, la Jerusalén celeste, que es nuestra madre». Estas sencillas palabras nos sitúan en la perspectiva de lo que significa ser cristiano. La imagen de la ciudad, comunidad ordenada de personas, nos recuerda que la fe no es una aventura que se vive en solitario. Al contrario, no hay santidad si no hay comunidad; no hay apertura a Dios si no hay acogida al hermano, y no hay seguimiento de Jesucristo si no hay incorporación al grupo de sus discípulos.
El Santo Padre nos lo recordaba en la reciente Jornada Mundial de la Juventud. Decía: «seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir “por su cuenta” o de vivir la fe según la mentalidad individualista que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él. Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros». Por tanto, la primera invitación de la fiesta de todos los Santos, es a sentirnos alegres por ser miembros de la Iglesia, y a vencer toda tentación de individualismo, comprometiéndonos más decididamente con nuestra comunidad cristiana.
Ser miembro de esa ciudad de Dios es, ante todo, una gracia que Él nos otorga a través de los sacramentos. La santidad no es principalmente el resultado del esfuerzo humano, sino de la misericordia del Padre que nos permite participar por el Espíritu de la vida de Cristo. Ahora bien, ese don que el Señor nos ofrece hay que acogerlo y desarrollarlo en la propia vida a través de un amor que nos haga superar las fronteras de nuestro egoísmo, despojarnos de los vicios de la ciudad terrena y plantar en el mundo el fuego ardiente del amor divino. San Agustín lo expresó muy bellamente: «Dos amores dieron origen a dos ciudades: el amor de sí hasta el desprecio de Dios, la terrestre; el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celeste» (De civitate Dei XIV, 28).
Es cierto que, desgraciadamente, aún estamos muy lejos de vivir en plenitud el don que Dios nos hace. Nos pesa mucho nuestro pecado. Los santos padres decían que, en el tiempo, la Iglesia es simultáneamente casta y meretriz, santa por el Espíritu que la alienta y pecadora por las tentaciones en las que sucumben sus miembros. Consciente de esta realidad, el prefacio de la Misa nos define como «peregrinos en país extraño». Sí, lo somos. Somos hijos de la Luz pero vivimos en un mundo de tinieblas; nos habita la Vida pero parece que nos precipitamos a la muerte; poseemos el Espíritu pero seguimos prisioneros de las pasiones de la carne. De lo cual se deriva que el cristiano ha de ser por definición un inconformista. No podemos conformarnos con el estado de vida interior que hayamos alcanzado, siempre es preciso ir más allá, pues por mucho que progresemos siempre estaremos muy lejos de la perfección divina que el Señor nos ofrece. No podemos conformarnos con el pecado que atenaza nuestra existencia y caracteriza demasiadas estructuras de nuestra sociedad. Y, ante todo, no podemos conformarnos con los criterios de este mundo, creyendo que la Iglesia será más evangelizadora si adopta los fútiles pareceres de cada tiempo cambiante. La misión de los bautizados es divinizar la sociedad, no mundanizar el Evangelio.
Esta batalla contra el pecado nos puede parecer ardua y ciertamente lo es. Sin embargo, su dificultad no oscurece nuestra vida. Al contrario, nos permite vislumbrar ya ahora la felicidad definitiva que un día nos está reservada. Por eso dice el prefacio que hacia la ciudad del cielo «nos encaminamos alegres». Más aún, nos indica la forma concreta de hacerlo: «guiados por la fe y gozosos por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia; en ellos encontramos ejemplos y ayuda para nuestra debilidad».
Que al celebrar la fiesta de Todos los Santos nos animemos nosotros también a ser santos, a encaminarnos hacia la Ciudad de Dios y a conformar todas las realidades del mundo según su modelo celeste.
+Jesús García Burillo
Obispo de Ávila



