Una flor y una oración
El final del mes de octubre nos lleva cada año a preparar unas flores para depositarlas en la tumba donde reposan los restos de nuestros padres, esposos, hermanos o amigos. Es una buena costumbre, pues expresa nuestra convicción de que no han desaparecido del todo, nuestra íntima unión con ellos y nuestro recuerdo agradecido.
La fe cristiana se une aquí, aunque superándola, a las creencias de los hombres de las más variadas culturas. De hecho, la veneración a los muertos es una de las prácticas más enraizadas en la humanidad de todos los tiempos, como lo atestiguan culturas tan ancestrales como la egipcia, la china, la grecorromana o la maya. Incluso los que profesan el materialismo más craso, no son capaces de destruir del todo la nostalgia de eternidad que anida en todos los corazones y, llegadas estas fechas, se sienten impelidos a recordar a sus antepasados.
El cristianismo ha tenido, desde sus orígenes, un profundo respeto y veneración hacia los fieles difuntos. Consecuente con su fe en que el cuerpo fue, mientras vivía, templo del Espíritu Santo, lo trató con gran respeto, lo colocó en un sepulcro excavado en tierra y lo depositó en un lugar al que pronto consideró sagrado.
Por otra parte, como la fe cristiana profesa que el cuerpo que sepultamos en la tierra volverá de nuevo a la vida, al final de los tiempos, el lugar de la sepultura dejó de llamarse necrópolis –“ciudad de los muertos”- y se denominó “cementerio”, es decir, “dormitorio”. Por eso, los ritos funerarios no son un canto al dolor de la separación sino que rezuman esperanza.
Más aún, esta esperanza en la futura resurrección es tan central en la fe cristiana, que si alguien no creyera en ella, todo lo demás no le serviría de nada y sería “el más desgraciado de los hombres”, en palabras fuertes de san Pablo. Esto explica que siempre que rezamos el Credo, digamos: “Creo en la resurrección de los muertos” y “creo en la resurrección de la carne”.
Esta fe es la que explica la vida honesta de los cristianos, la elección del martirio antes que traicionar la fe, la alegría en las persecuciones, la fortaleza para perseverar en el bien aunque cueste, el valor para ir contracorriente para seguir a Jesucristo, la vida de pobreza extrema de las monjas de clausura y el devolver el bien al que nos trata mal.
Es verdad que la muerte no deja de ser “el gran enigma”. Pero los cristianos lo superamos fiados de la palabra de Jesús: “Todo el que vive y cree en Mí no morirá eternamente”, porque “Yo lo resucitaré el último día”. De aquí ha sacado la Iglesia estas consoladoras palabras de la liturgia funeraria: “La vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se trasforma”. Terminamos el curso de nuestra peregrinación en la tierra y se nos abre la puerta de la eternidad.
Esta eternidad es la que asegura que hacemos bien en llevar una flor al sepulcro de nuestros allegados y que hacemos todavía mejor llevándoles la flor de nuestra oración. Si ya han llegado al Cielo, para pedirles que nos ayuden en nuestras necesidades materiales y espirituales; y, si todavía están en el Purgatorio, para que queden completamente aptas para ver a Dios y a la Virgen.
Aquí se fundamenta la piadosa costumbre de los sufragios por los fieles difuntos. Es decir, las súplicas que dirigimos a Dios para que, cuanto antes, les vista con el vestido de bodas con el que puedan participar en el banquete que les tiene preparado en el Cielo. Las almas del Purgatorio se parecen, de alguna manera, a una novia vestida en traje de faena. Del mismo modo que ella se llenaría de vergüenza si tuviera que presentarse así a la boda y le faltaría el tiempo para ponerse de blanco, así ellas: necesitan el traje de boda del Cielo. Nosotros se lo podemos costear con nuestras oraciones.
+Mons. Francisco Gil Hellín
Arzobispo de Burgos


