“Como el Padre me envió, así os envío yo” (Jn 20,21)
La Jornada mundial de las misiones nos llama a reflexionar sobre nuestra vocación misionera y sobre cómo la estamos realizando, preocupación esencial que ha de tenerse siempre presente en la vida de la Iglesia. Ésta es la continuación viva de la presencia de Jesús en medio del mundo para anunciar el Evangelio y hacer discípulos a todos los pueblos de la tierra “con el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos”1. La iniciativa de la misión viene de Cristo. “Id y enseñad a todas las gentes y bautizadlas en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñadles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28, 19). El primer misionero ha sido Jesús que el Padre envió al mundo. Él funda la Iglesia sobre la que envía el Espíritu Santo que la impulsa a colaborar a que se lleve a cabo el plan de salvación de Dios en Cristo para todo el mundo.
Es importante que tanto los bautizados de forma individual como lascomunidades eclesiales se interesen no sólo de modo ocasional en la misión, sino de modo constante, como expresión y forma esencial de la vida cristiana.“Lamisión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal”3 . Estamos llamados a ser “sal” y “luz” para dar sabor a la vida e iluminar a quienes están a la búsqueda de sentido en su vida. Si disminuyese esta responsabilidad, el mundo no tendría una palabra de esperanza y los cristianos nos convertiríamos en insignificantes. Una comunidad creyente y comprometida, contribuirá a que nuestros misioneros tengan fuerza y coraje para anunciar la fe.
El Papa Benedicto XVI, instituyendo el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, ha querido dar una respuesta significativa a los grandes desafíos que tenemos por delante para comprender de qué manera, la Iglesia deberá desempeñar su ministerio en un mundo sometido a grandes transformaciones culturales. Con este objetivo el Papa desea avivar el espíritu misionero de la Iglesia, sobre todo en aquellos lugares donde la fe se ha debilitado por la presión del secularismo y subraya con razón que considera oportuno “ofrecer respuestas adecuadas para que la Iglesia entera se presente al mundo contemporáneo con una arrojo misionero capaz de promover una nueva evangelización”. Nos recuerda que “existen regiones del mundo que todavía esperan una primera evangelización; otras que la han recibido, pero necesitan de un trabajo más profundo; otras finalmente, en las que el Evangelio ha echado raíces desde hace largo tiempo, dando lugar a una verdadera tradición cristiana, pero donde en los últimos siglos -por dinámicas complejas- el proceso de secularización ha producido una grave crisis del sentido de la fe cristiana y de la pertenencia a la Iglesia”4.
Urgencia evangelizadora
El Papa Juan Pablo II exhortaba a estar “vigilantes y preparados” para llevar a nuestros hermanos el gran anuncio: “¡Hemos visto al Señor!”5, reconociendo que “la misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse… Una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio”6. Es cada vez mayor la multitud de aquellos que, aun habiendo recibido el anuncio del Evangelio, lo han olvidado, y no se reconocen ya en la Iglesia; y otros, también en sociedades tradicionalmente cristianas, se muestran hoy refractarios a abrirse a la palabra de la fe. Estamos ante un cambio cultural, alimentado también por la globalización, por movimientos de pensamiento y por el relativismo imperante, un cambio que lleva a una mentalidad y a un estilo de vida como si Dios no existiese, y que exalta la búsqueda del bienestar, de la ganancia fácil, y del éxito como objetivo de la vida, incluso a costa de los valores morales.
Preocupación por el hombre
La evangelización como tantas veces se nos recuerda, es evangelizar promocionando y promocionar evangelizando. “La evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre”7. Se trata de sostener instituciones necesarias para establecer y consolidar a la Iglesia mediante los catequistas, los seminarios, los sacerdotes; y también de dar la propia contribución a la mejora de las condiciones de vida de las personas en países más afectados por la pobreza y sus consecuencias.
4 BENEDICTO XVI, Carta Apostólica Ubicumque et semper.5 JUAN PABLO II, Novo millennio ineunte, 59.6 JUAN PABLO II, Redemptoris missio, 1.7 PABLO VI, Evangelio nuntiandi, 29.O Arcebispo de Santiago de Compostela
También esto forma parte de la misión de la Iglesia. No es aceptable, reafirmaba el siervo de Dios Pablo VI, que en la evangelización se descuiden los temas relacionados con la promoción humana, la justicia, la liberación de toda forma de opresión, obviamente respetando la autonomía de la esfera política. Desinteresarse de los problemas temporales de la humanidad significaría “ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor al prójimo que sufre o padece necesidad”8; no estaría en sintonía con la actitud de Jesús, el cual “recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la buena nueva del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias” (Mt 9, 35).
Que la Jornada mundial de las misiones reavive en cada uno el deseo y la alegría de ir al encuentro de la humanidad para llevarla a Cristo, como nos dice el Papa en su Mensaje.
Os saluda con afecto en el Señor,
+ Julián Barrio Barrio
Arcebispo de Santiago de Compostela



