Estaba en prisión y vinisteis a verme
Los que decimos que hay que amarnos y ser, y vivir para los demás, poniendo el corazón en todo, comprometiéndose y preocupándose del bien de las personas al estilo de Jesús, no podemos olvidar que esto implica «mirar» a las personas y sus circunstancias tal y como lo hace Jesús. Y Él se implica en la promoción de su desarrollo integral hasta jugarse la vida, teniendo presente el «proyecto» divino por el cual todos estamos llamados a la salvación. Un proyecto que realmente choca con tantas carencias materiales y morales que hay en el trasfondo de tantas historias de nuestros hermanos en la prisión.
Pienso estas cosas especialmente ahora, alrededor de la fiesta de la Merced. Una celebración que nos recuerda cómo ante las duras realidades que viven tantos hermanos y hermanas (dentro y fuera de los Centros Penitenciarios) no vale la indiferencia ni el encerrarse en los propios problemas: es una postura que gañe demasiado frente a la «mirada» de Cristo.
Quiero agradecer la preocupación de los profesionales a favor de los presos y sus familias, y el trabajo de todo el voluntariado generoso que acompaña el servicio del Equipo de la Pastoral Penitenciaria. Ojalá crezcan cada día más y aumenten también la concienciación de toda la Diócesis, para incidir en el cambio de mentalidad de la sociedad.
Nosotros lo queremos hacer todo alimentados siempre por la fe en Dios que, en Jesucristo dejó muy clara su preferencia por los más débiles, compartiendo sus sufrimientos, abriendo caminos de liberación, animando y levantando al caído en las aceras y proclamando y practicando el amor fraterno y el perdón como vía de regeneración. Es Él quien nos anima también a confiar en el ser humano, la dignidad del cual deseamos y esperamos que esté en el centro de los sistemas penales.
Los hermanos presos son personas dignas de ser muy atendidas y muy acompañadas y nunca causas perdidas, porque más allá de las circunstancias que han vivido también es verdad que sus errores los provocan sufrimientos en ellos mismos y les han abierto heridas que hay que curar.
Sigamos trabajando con esperanza y haciéndonos presentes de la mejor manera posible ayudando a «vivir» a estos hermanos y hermanas, procurando responder a sus necesidades y aliviar el dolor de sus familias.
Lo ponemos todo a los pies de la Virgen de la Merced, acogiéndonos confiadamente a su intercesión ante el Buen Dios de la Misericordia.
Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,
+Joan Piris Frígola
Obispo de Lleida


