Sacerdocio femenino, celibato y vocaciones
El actual ministro de la Iglesia en los asuntos relacionados con los sacerdotes –el Prefecto de la Congregación para el Clero, en términos técnicos- ha realizado unas declaraciones que, a mi manera de ver, ponen el dedo en la llaga sobre tres problemas de máxima actualidad: el sacerdocio de la mujer, el celibato sacerdotal y las vocaciones.
Respecto a si está a no zanjada definitivamente la cuestión del sacerdocio ministerial de la mujer, recuerda estas claras palabras del Beato Juan Pablo II, en su carta Apostólica Ordinatio sacerdotalis: “Con el fin de disipar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a mis hermanos, declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres y que este dictamen debe considerarse como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”.
La cuestión, por tanto, está definitivamente zanjada, aunque algunos sectores intraeclesiales y extraeclesiales sigan preguntándose por ella y suscitando dudas. Juan Pablo II empeñó su autoridad de Vicario de Jesucristo para dirimir la cuestión no sólo en el plano pastoral o de orden práctico, sino en el plano doctrinal. Con todo, sería una mala conclusión deducir que la mujer no tiene que jugar un papel importantísimo en la Iglesia. “Nada, absolutamente nada, impide valorar el genio femenino en papeles que no están ligados estrechamente al ejercicio del orden sagrado. Por ejemplo, ¿quién podría impedir que una gran economista fuera la jefa de la Administración de la Santa Sede o que una periodista competente fuera la portavoz de la Sala Stampa Vaticana?”
En cuanto al celibato, que algunos sostienen que debería ser opcional –pues, según ellos, es la causa principal de que no haya vocaciones-, el Cardenal Piacenza apunta en la verdadera dirección, cuando señala que “ese asunto” – el celibato opcional- no es la causa principal. La causa fundamental es “la crisis de fe”, provocada por “la secularización y la consiguiente pérdida del sentido de lo sagrado”. La crisis vocacional no es un hecho aislado, pues se da en los mismos ambientes en que “han entrado en crisis la santificación de las fiestas, la confesión, el matrimonio, etc.” Si fuera el celibato obligatorio la causa de que no haya vocaciones, las confesiones cristianas que no lo exigen tendrían suficientes ministros; la realidad es que sufren una crisis aún mayor que nosotros.
Abundando en la gran escasez de vocaciones al sacerdocio, comparto plenamente las reflexiones de Piacenza. Hay una seria crisis de natalidad, por lo cual mientras no haya niños, será muy difícil que surjan vocaciones. Además, está la gran crisis ética y moral que sufre Occidente. Es así mismo importante la dificultad de mucha gente de hoy para asumir compromisos de por vida. Baste pensar, por ejemplo, en la cuestión de la cohabitación antes del matrimonio y en la desbandada que existe luego en este campo.
De todos modos, me quedaría con esta reflexión positiva del Cardenal Piacenza: “El primer e irrenunciable remedio de la disminución de las vocaciones lo sugirió Jesús mismo: Rezad al dueño de la mies, para que envíe obreros a su mies. Este es el realismo pastoral de las vocaciones. La oración por las vocaciones, una intensa, universal, extensa red de oración y de Adoración Eucarística que implique a todo el mundo. Esta es la verdadera y única respuesta posible a la crisis de vocaciones”.
+Mons. Francisco Gil Hellín,
Arzobispo de Burgos


