Bendito mes de agosto
Os aseguro que agosto ha sido para mí un mes extraordinario. Empecé por los Días en las Diócesis (DED) de las JMJ. A mi parecer, éstos ha sido lo mejor de lo que os voy a contar. También lo recordarán con especial cariño las casi quinientas familias que los acogieron en sus casas. En todas ha quedado el testimonio de fe, piedad, alegría, sencillez y saber estar de los casi mil quinientos jóvenes de los cinco continentes, que han estado entre nosotros. Estoy convencido de que, sin estos días, le faltaría algo a las JMJ. Los DED son los que le dan identidad, rostro y corazón a la multitud de jóvenes que se congregó en Madrid.
Con los chicos y chicas de nuestra Diócesis me fui a Madrid, donde, entre ellos, y con la multitud juvenil que allí se encontraba recé y fui muy feliz. Aunque teníamos agendas distintas, pude compartir con nuestros jóvenes una jornada completa, en la que tuve la oportunidad de darles una catequesis que les ayudara a vivir, sin dispersión, aquello para lo que habían sido convocados: a encontrarse con Cristo y afianzarse en el proyecto de vida que el Papa Benedicto XVI les había propuesto para estas JMJ: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”.
Por mi parte, junto a los varios cientos de obispos presentes, me sentí siempre joven entre los jóvenes, compartiendo su ilusión y su fortaleza. Con ellos pude rezar, cantar, mostrar la alegría de la fe y abrir mi corazón a la esperanza por el rostro de novedad en Cristo que mostraba la juventud del mundo. Naturalmente también compartí las incomodidades que siempre sen encuentran en esos eventos. Y me sentí agradecido por ser hijo y pastor de la Iglesia Católica, que, aunque con modestia y humildad, es capaz de convocar a jóvenes tan cordiales, disciplinados, con tantos valores y con tanta capacidad de sacrificio. Y le di gracias al Señor por esa maravillosa imagen, recogida desde los helicópteros, que ha dado la vuelta al mundo, y que refleja a un Padre y Pastor bueno y cercano que le dice la verdad a los jóvenes, es decir, les muestra a Jesucristo, como camino, verdad y vida, y les pide que abran las puertas del corazón para que pueda arraigar y edificar sus vidas en él. Y alabé a Dios Nuestro Señor por la respuesta de los jóvenes que, en medio de la tempestad, cantaban: “Esta es la juventud del Papa”.
Con esa maravillosa impresión, al día siguiente me fui a Tierra Santa en una peregrinación Diocesana. Desde esa Iglesia juvenil, que mostraba desde Cuatro Vientos color esperanza, llegué a la Iglesia en su mismo nacimiento. Celebré la primera eucaristía en Jafa, en el templo que recuerda la visión de Pedro, en la que se le indica la voluntad del Señor de que también la fe en Jesucristo sea predicada a los gentiles. Supe que esa era la puerta de nuestra fe, de la fe vivida y mostrada por los jóvenes del mundo junto al Papa y los Obispos en Madrid.
Tras ese primer paso nos trasladamos a Nazaret, donde caminamos junto a Jesús, María y José, la Sagrada Familia. Nos acercamos a las huellas que han dejado los cristianos en esos lugares santos. Nos ayudó la arqueología, que deja las señales de la fe de diversas épocas históricas y, sobre todo, los templos que ahora localizan los lugares santos. Con María vivimos el misterio de la Encarnación, la evocamos junto a José y, con los dos, pudimos acercarnos al misterio de la vida oculta de Jesús, en su infancia y juventud, en su oración, en su trabajo, en sus parientes; hasta que llegamos a la vecina Caná, donde recordamos su automanifestación, por intercesión de María, en las bodas del milagro del agua convertida en vino.
Por la ruta del Lago de Galilea nos acercamos al ministerio público del Señor. Desde Cafarnaum, centro de su predicación y de sus signos, saltamos hacia otros espacios emblemáticos, como el Monte de las Bienaventuranzas o la multiplicación de los panes y los peces. Pusimos nuestros pies y nuestro corazón en todas las huellas del paso misionero de Jesús. En todas nos íbamos encontrando un emocionante “hic”, que nos señalaba el lugar de los acontecimientos.
Tras evocar Bautismo en el río Jordán, pasamos la frontera de Jordania, donde caminamos por tierras desérticas, en las que también hay huellas de la historia de la salvación. Además visitar en Geras, la Ponpeya de oriente, o Petra, esa maravilla de los Navateos, visitamos también la nueva y coqueta ciudad de Amán y Mádaba, la ciudad del mosaico mapa. Ese recorrido nos acercaba el recuerdo de los patriarcas y profetas y, sobre todo a la tierra por la que el Pueblo de Israel hizo su travesía por el desierto. Como ellos, también nosotros llegamos al mirador de la esperanza y de la libertad, al Monte Nebo, desde donde Moisés contempló la tierra prometida, esa que nunca llegaría a pisar. Para llegar a las tierras de Canaán, antes tuvimos que pasar al otro lado del Mar Muerto, donde nos dimos un baño “ritual”, para unos saludable y para otros, por su torpeza, casi una “tortura”.
Desde allí, con alegría, subimos a Jerusalén, donde nos esperaba el misterio de la muerte y la resurrección del Señor. Os puedo asegurar que si se busca con el corazón, el peregrino lo puede encontrar. Entre tanta multitud, y en medio de un abigarrado conjunto arquitectónico y ornamental y con la imagen plástica de tan diversas y antiguas tradiciones cristianas, la emoción de sentir a Cristo crucificado y el gozo de estar con Cristo resucitado se siente con fuerza. Eso sí, hay que ir con la fe de los sencillos y con un corazón muy humilde, y besar lo que nos ha enamorado y tocar lo que sabemos que tiene virtud para transmitirnos fuerza y alegría para nuestra fe.
Retrocediendo en el tiempo, pero acercándonos a un mismo misterio, pasamos al nacimiento de Jesús en Belén y a las huellas de ese maravilloso acontecimiento en el que hubo ángeles, pastores, magos de oriente y víctimas del malvado Herodes. De nuevo nos volvimos a encontrar con la vida pública de Jesús en la ciudad de Jerusalén. Y de nuevo entramos en la pasión del Señor en el Monte de los Olivos; pasamos por el cenáculo y más tarde, haciendo un piadoso vía crucis, al que tuvimos que poner silencio interior y oración entre una multitud festiva que celebraba el final del Ramadán o que caminaba, en idas y venidas interminables a lo largo del día, hacia el muro de las lamentaciones, para sus rezos rituales. Juntos pasamos también por el lugar de la Ascensión del Señor, para mirar al cielo y renovar nuestro compromiso misionero. Y caminando de un sitio para otro nos encontrábamos siempre con María, o bien en su natividad o en su visitación a Isabel en Ain Karen o venerándola con emoción filial en su dormición y asunción a los cielos.
Y con nostalgia, pero llenos de fe y alegría, volvimos a casa, donde recordaremos por mucho tiempo cada lugar y cada sentimiento y, sobre todo, donde renovaremos en la oración nuestra fe en Cristo Jesús.
Con mi afecto.
+ Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia.


